Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla. Simone de Beauvoir.
“Si me quieres ya sabes como debes comportarte...Si me quisieras no habrías hecho eso... Me has hecho tanto daño... Me haces tan feliz cuando haces así las cosas... Espero tanto de ti”. ¿Acaso alguien pretende responsabilizar a otro de sus propios sentimientos?. Nadie es responsable de los sentimientos de otra persona. Cada uno es, tan sólo, responsable de los suyos propios. Y en caso de que alguien experimente frustración o desengaño en la relación con otro, es porque le ha entregado un poder tal, que dicha relación más se parece a dependencia e inmadurez emocional que a un espacio de calidad y sana convivencia.
Si para lograr ser felices, necesitamos vivir con alguien al que encadenamos a una determinada conducta, estaremos transfiriendo el control de nuestra propia paz a manos ajenas. Cada cual tiene el derecho y el deber de gestionarse su propia felicidad. Algo que nada tiene que ver con el aislamiento ni con ningún tipo de barrera emocional. Para lograr dicho objetivo, conviene basarse en el propio trabajo interno y no en la evaluación de maneras de ser ajenas. Y si alguien cree que va a ser feliz en el momento en el que la otra persona haga o deje de hacer determinadas cosas, lo único que desgraciadamente hará, será manipular de forma soterrada y ansiosa.
Conviene evitar pedir a nuestro amigo o amante un rasgo de amor que, en ese momento, no brote gratuito desde su alma. En los asuntos del corazón no es recomendable pedir migajas y menos todavía cuando pretendemos que dicha manifestación sea perpetua. No pida usted un beso, ni pida que le quieran. En todo caso, dé usted ese beso y ofrezca cálidamente un gran abrazo con alma. No pida que le admiren o manipule para que le prefieran. No pida el corazón porque dicha entrega es una acción pura y espontánea. Un acto que, si de pronto, se ve forzado por nuestros deseos y exigencias, no será más que “pan para hoy y hambre para mañana”. Conviene reorientar nuestra necesidad de tapar las carencias, comenzando por ofrecer y entregar todo aquello que deseamos.
Cuando una persona, en sus primeros años de vida, ha sido “querida” y protegida bajo un patrón de manipulación y dependencia, lo más probable es que proyecte la misma película que anteriormente viviera. La manipulación funciona, a menudo, de forma inconsciente y resulta difícil darse cuenta de toda su gama de soterradas gentilezas. Son momentos en los que el manipulador despliega un abanico de resortes sutiles, pretendiendo adecuar el mundo a sus propias necesidades y carencias. Superar este enganche y relacionarse desde la libertad y la independencia, precisa observar las raíces de la propia manipulación y las formas subterráneas de pretender las cosas. Obsérvese qué es lo que hay tras las propias palabras y qué pretende uno realmente cuando habla. Pregúntese por qué se ha convertido la relación de amor en un estado de control y de riesgos a la “pérdida”.
Amar con amplitud es reconocer y respetar lo que pasa en lo más profundo de la mente propia y ajena. Atención a las “expectativas” acerca del ser amado. Conviene fluir en el presente y respetar la compleja realidad de las otras personas. Evitemos rodearlas de moldes ideales por los que, más pronto o más tarde, sentiremos que algo “nos defrauda”. Soltar y abrazar, dos fuerzas que, aunque parecen contrarias, conviene aprender a hacerlas compatibles e integradas. Si queremos amar con amplitud, convendrá graduarse en aceptación y flexibilidad, abrazando en el mismo kit lo que hay más allá de las memorias idealizadas. Recuerde que con el amor no basta. Conviene aprender a formular serenamente nuestros deseos y objeciones, creando pactos y abriendo mutua consciencia.
Texto perteneciente al libro del autor: "Inteligencia del alma"
José María Doria
domingo, 12 de septiembre de 2010
sábado, 11 de septiembre de 2010
CORAJE
Muchas pequeñas derrotas conducen a la gran victoria. Chuang Tzu
El mayor coraje que una persona puede expresar, ocurre cuando, tras sufrir una gran derrota, mantiene en alza su nivel de autoestima. Cuando el ser humano no permite que el error o el fracaso quiebren su ánimo y fortaleza, está haciendo gala de un íntimo coraje que le posibilitará reflexiones competentes e inspirados ajustes para oportunidades venideras. Tal vez, para ganar y conservar la sensatez y la templanza haya que aprender previamente a perder.
La verdadera victoria no está en el resultado cuantificable a corto plazo sino en el aprendizaje obtenido. En realidad, el gran propósito que resume todos los pequeños objetivos de la vida se centra en evolucionar y crecer como seres con alma. La derrota no existe, ya que todos los acontecimientos con aroma de frustración que uno experimente, suponen enseñanzas. La finalidad del laberinto iniciático que recorre el ser humano en la vida, consiste en desarrollar el conocimiento del sí mismo y expandir ad infinitum la consciencia.
No hay derrotas, hay tan sólo experiencias que señalan el camino que se nos invita a recorrer con sus luces y sus sombras. El gran objetivo es devenir lo suficientemente lúcidos como para aprender de los errores mientras recorremos la existencia. No hay culpas ni castigos, sino una holística interacción del Universo en las redes que tejen el destino de cada persona.
Cuando alguien siente frustración porque no le es concedido un trabajo al que opta, puede tener la tentación de "tirar la toalla" y olvidar que nada es casual. El que cree en sí mismo sabe que hay un lugar en el mundo para él, sabe que la vida le depara un proceso que, más largo o más corto, vivenciará con todas las sinuosidades emocionales que conlleva.
"La perseverancia trae ventura" dijo el I-Ching hace 4.000 años. Un Principio que ya fue captado por los antiguos filósofos chinos al primar la perseverancia como una capacidad de la inteligencia. Cuando uno persevera, observa los errores pasados y registra eficazmente las propias acciones que rechaza. El control de la ansiedad anticipativa comienza por el aprender a amar la acción por la acción, independientemente del resultado. Cada paso, cada movimiento, cada gesto, por pequeño y funcional que éste sea, supone un fin en sí mismo y merece toda nuestra atención y consciencia.
La victoria final es uno mismo. La Victoria de las victorias es integrar la experiencia vivida en un núcleo consciente de apertura. Somos mucho más que una noria de ilusiones y decepciones. Somos Luz que, a lo largo de la vida, misteriosamente, deviene consciente de sí misma. El camino es largo y a la vez corto, ya que en última instancia no hay nada que buscar porque uno ya es lo que busca. ¿Por qué no nos lo creemos? La amnesia forma parte del juego del vivir que, en cierto modo, es el juego de recordar. Cuando la cortina de niebla comienza a retirarse, uno comprende que el mundo es perfecto tal cual es, incluidos nuestros deseos de cambiarlo. Y en realidad, cuando uno mira la campaña de la vida ya vivida, sabe que pase lo que pase, nunca ha pasado nada.
Tal vez una mañana no muy lejana, al abrir nuestros ojos, sintamos que hemos despertado de algo más que del sueño habitual de cada noche. Tal vez sintamos que, de pronto, hemos despertado del gran sueño del yo separado. Uno entonces comprende que está inmerso en la gran aventura de la conciencia cuyo despertar es la verdadera victoria.
Texto perteneciente al libro del autor: "Inteligencia del alma"
José María Doria
El mayor coraje que una persona puede expresar, ocurre cuando, tras sufrir una gran derrota, mantiene en alza su nivel de autoestima. Cuando el ser humano no permite que el error o el fracaso quiebren su ánimo y fortaleza, está haciendo gala de un íntimo coraje que le posibilitará reflexiones competentes e inspirados ajustes para oportunidades venideras. Tal vez, para ganar y conservar la sensatez y la templanza haya que aprender previamente a perder.
La verdadera victoria no está en el resultado cuantificable a corto plazo sino en el aprendizaje obtenido. En realidad, el gran propósito que resume todos los pequeños objetivos de la vida se centra en evolucionar y crecer como seres con alma. La derrota no existe, ya que todos los acontecimientos con aroma de frustración que uno experimente, suponen enseñanzas. La finalidad del laberinto iniciático que recorre el ser humano en la vida, consiste en desarrollar el conocimiento del sí mismo y expandir ad infinitum la consciencia.
No hay derrotas, hay tan sólo experiencias que señalan el camino que se nos invita a recorrer con sus luces y sus sombras. El gran objetivo es devenir lo suficientemente lúcidos como para aprender de los errores mientras recorremos la existencia. No hay culpas ni castigos, sino una holística interacción del Universo en las redes que tejen el destino de cada persona.
Cuando alguien siente frustración porque no le es concedido un trabajo al que opta, puede tener la tentación de "tirar la toalla" y olvidar que nada es casual. El que cree en sí mismo sabe que hay un lugar en el mundo para él, sabe que la vida le depara un proceso que, más largo o más corto, vivenciará con todas las sinuosidades emocionales que conlleva.
"La perseverancia trae ventura" dijo el I-Ching hace 4.000 años. Un Principio que ya fue captado por los antiguos filósofos chinos al primar la perseverancia como una capacidad de la inteligencia. Cuando uno persevera, observa los errores pasados y registra eficazmente las propias acciones que rechaza. El control de la ansiedad anticipativa comienza por el aprender a amar la acción por la acción, independientemente del resultado. Cada paso, cada movimiento, cada gesto, por pequeño y funcional que éste sea, supone un fin en sí mismo y merece toda nuestra atención y consciencia.
La victoria final es uno mismo. La Victoria de las victorias es integrar la experiencia vivida en un núcleo consciente de apertura. Somos mucho más que una noria de ilusiones y decepciones. Somos Luz que, a lo largo de la vida, misteriosamente, deviene consciente de sí misma. El camino es largo y a la vez corto, ya que en última instancia no hay nada que buscar porque uno ya es lo que busca. ¿Por qué no nos lo creemos? La amnesia forma parte del juego del vivir que, en cierto modo, es el juego de recordar. Cuando la cortina de niebla comienza a retirarse, uno comprende que el mundo es perfecto tal cual es, incluidos nuestros deseos de cambiarlo. Y en realidad, cuando uno mira la campaña de la vida ya vivida, sabe que pase lo que pase, nunca ha pasado nada.
Tal vez una mañana no muy lejana, al abrir nuestros ojos, sintamos que hemos despertado de algo más que del sueño habitual de cada noche. Tal vez sintamos que, de pronto, hemos despertado del gran sueño del yo separado. Uno entonces comprende que está inmerso en la gran aventura de la conciencia cuyo despertar es la verdadera victoria.
Texto perteneciente al libro del autor: "Inteligencia del alma"
José María Doria
jueves, 18 de febrero de 2010
Canción de AMOR
¿Dónde estás? ¿Quién eres?
¿Eres TÚ a quien ahora estoy amando?
¿Estás dentro de este cuerpo que acaricio?
No sabes cuánto tiempo te he buscado.
Llevo vidas andadas tras tu rastro…
No supe vivirlas… tú no estabas.
Llevo vidas marcadas por tu ausencia…
No sabes qué cansado es caminar sin tí a mi lado.
¿Te encontré y no supe verte?
¿Sabré reconocerte si te encuentro?
¿Te encontraré algún día?
¿Habitas dentro del hombre que ahora beso?
¿Te estoy amando a ti, MI AMOR, o a otro?
No sabes cuánto tiempo te he esperado
Mi alma te ha anhelado desde SIEMPRE.
Me arrancaron de tí y me quedé partida,
ansiosa y perdida en medio del camino.
Soy incompleta desde entonces.
No sabes cuánto tiempo te he llorado.
De mi pecho supura la pena y la amargura.
Brota un dolor infinito de esta herida.
Tu ausencia, mi vieja amiga,
la llevo colgada de la espalda.
Me faltas en el aire,
en la luz del mediodía,
en las tardes silenciosas,
en las noches desveladas,
en las caricias que invento,
en las palabras que digo,
en las sonrisas que intento,
en cada sueño que vivo.
Me faltas a cada paso,
y en cada paso te sigo.
No sabes cúanto tiempo te he pensado...
reinventando tu alma en cada cuerpo.
Dime que este tacto es tu tacto, MI AMOR.
Dime, por favor, que te he encontrado.
¿Eres TÚ a quien ahora estoy amando?
¿Estás dentro de este cuerpo que acaricio?
No sabes cuánto tiempo te he buscado.
Llevo vidas andadas tras tu rastro…
No supe vivirlas… tú no estabas.
Llevo vidas marcadas por tu ausencia…
No sabes qué cansado es caminar sin tí a mi lado.
¿Te encontré y no supe verte?
¿Sabré reconocerte si te encuentro?
¿Te encontraré algún día?
¿Habitas dentro del hombre que ahora beso?
¿Te estoy amando a ti, MI AMOR, o a otro?
No sabes cuánto tiempo te he esperado
Mi alma te ha anhelado desde SIEMPRE.
Me arrancaron de tí y me quedé partida,
ansiosa y perdida en medio del camino.
Soy incompleta desde entonces.
No sabes cuánto tiempo te he llorado.
De mi pecho supura la pena y la amargura.
Brota un dolor infinito de esta herida.
Tu ausencia, mi vieja amiga,
la llevo colgada de la espalda.
Me faltas en el aire,
en la luz del mediodía,
en las tardes silenciosas,
en las noches desveladas,
en las caricias que invento,
en las palabras que digo,
en las sonrisas que intento,
en cada sueño que vivo.
Me faltas a cada paso,
y en cada paso te sigo.
No sabes cúanto tiempo te he pensado...
reinventando tu alma en cada cuerpo.
Dime que este tacto es tu tacto, MI AMOR.
Dime, por favor, que te he encontrado.
lunes, 30 de noviembre de 2009
En tus manos
En la antigua Grecia, sede esplendorosa de las ciencias y de las artes, se hallaba un anciano famoso por la lucidez que sus respuestas ofrecían a todo aquel que solicitaba consejo y guía.
Una tarde, el joven estudiante Quirón, conocido por el tono irónico que utilizaba al poner en aprietos a los académicos más notables, decidió ir a escuchar al anciano, para de una forma u otra, poner en entredicho sus ideas.
Cuando llegó al hemiciclo donde éste hablaba, se sentó junto a los que escuchaban y prestó atención con ánimo de encontrar en sus planteamientos la mínima presencia de fallos y grietas.
El anciano decía así:
"Nuestros antepasados pensaban que en la vida hay que ver para creer. Se trata de un principio que suele resumirse en aquella frase que todavía resuena": "Si no lo veo no lo creo".
Un gesto de curiosidad se fue dibujando en el rostro de los allí reunidos
El anciano prosiguió: "Sin embargo si profundizáis en ello, comprobaréis que para el ser humano que ha observado suficientemente su mente, no se trata de ver para creer, sino más bien al revés, de creer para ver. Nuestras creencias crean la realidad y en consecuencia el hombre autoconsciente elige lo que quiere vivir y, paso a paso, conforma su destino"
Quirón se sintió algo confundido. Por una parte, entendía lo que quería decir el anciano, pero por otra parte, deseaba satisfacer su deseo de ridiculizarlo, así que salió del hemiciclo con el fin de idear una estratagema que lograse su objetivo.
Resultó que pasaba por allí un mercader de pájaros, conocido por apresar una especie de muy pequeño tamaño con ingeniosos cepos de su invención. Al verlo, Quirón pensó: "Siempre que estoy buscando una solución suele aparecer algo ante mis narices que trae las claves, así que me acercaré a ver esos pájaros y seguro que se me ocurrirá algo".
Cuando vio un pequeño pajarillo que cabía en la palma de su mano, de pronto, se iluminó su mente y se dijo:
"Ya lo tengo, tomaré este pajarillo, me acercaré al anciano y le preguntaré delante de todos, si cree que este polluelo que tengo en mi mano cerrada está vivo o muerto. Si me contesta que está muerto, abriré mi mano y lo dejaré volar. Si por el contrario, me contesta que está vivo, lo apretaré con fuerza y lo dejaré caer al suelo. Entonces, dijo con radiante alegría, sus ambiguas teorías acerca del destino se verán devaluadas..."
Así pues, Quirón tomó el pajarillo en su mano y se acercó de nuevo al hemiciclo para interpelar al anciano. Una vez allí y levantando fuertemente la voz, le dijo:
Anciano: "Decidme" dijo levantando el puño a la vista de todos, "Tú que pareces saber lo que hay tras las apariencias, responde mi pregunta; ¿el pajarillo que tengo en mi mano, está vivo o está muerto?"
Un silencio tenso se hizo entre todos los allí presentes.
A lo que el sabio, mirando a los ojos del joven con una profunda ternura le contestó:
"Muchacho, en realidad
LA VIDA Y EL DESTINO ESTAN EN TUS MANOS".
Una tarde, el joven estudiante Quirón, conocido por el tono irónico que utilizaba al poner en aprietos a los académicos más notables, decidió ir a escuchar al anciano, para de una forma u otra, poner en entredicho sus ideas.
Cuando llegó al hemiciclo donde éste hablaba, se sentó junto a los que escuchaban y prestó atención con ánimo de encontrar en sus planteamientos la mínima presencia de fallos y grietas.
El anciano decía así:
"Nuestros antepasados pensaban que en la vida hay que ver para creer. Se trata de un principio que suele resumirse en aquella frase que todavía resuena": "Si no lo veo no lo creo".
Un gesto de curiosidad se fue dibujando en el rostro de los allí reunidos
El anciano prosiguió: "Sin embargo si profundizáis en ello, comprobaréis que para el ser humano que ha observado suficientemente su mente, no se trata de ver para creer, sino más bien al revés, de creer para ver. Nuestras creencias crean la realidad y en consecuencia el hombre autoconsciente elige lo que quiere vivir y, paso a paso, conforma su destino"
Quirón se sintió algo confundido. Por una parte, entendía lo que quería decir el anciano, pero por otra parte, deseaba satisfacer su deseo de ridiculizarlo, así que salió del hemiciclo con el fin de idear una estratagema que lograse su objetivo.
Resultó que pasaba por allí un mercader de pájaros, conocido por apresar una especie de muy pequeño tamaño con ingeniosos cepos de su invención. Al verlo, Quirón pensó: "Siempre que estoy buscando una solución suele aparecer algo ante mis narices que trae las claves, así que me acercaré a ver esos pájaros y seguro que se me ocurrirá algo".
Cuando vio un pequeño pajarillo que cabía en la palma de su mano, de pronto, se iluminó su mente y se dijo:
"Ya lo tengo, tomaré este pajarillo, me acercaré al anciano y le preguntaré delante de todos, si cree que este polluelo que tengo en mi mano cerrada está vivo o muerto. Si me contesta que está muerto, abriré mi mano y lo dejaré volar. Si por el contrario, me contesta que está vivo, lo apretaré con fuerza y lo dejaré caer al suelo. Entonces, dijo con radiante alegría, sus ambiguas teorías acerca del destino se verán devaluadas..."
Así pues, Quirón tomó el pajarillo en su mano y se acercó de nuevo al hemiciclo para interpelar al anciano. Una vez allí y levantando fuertemente la voz, le dijo:
Anciano: "Decidme" dijo levantando el puño a la vista de todos, "Tú que pareces saber lo que hay tras las apariencias, responde mi pregunta; ¿el pajarillo que tengo en mi mano, está vivo o está muerto?"
Un silencio tenso se hizo entre todos los allí presentes.
A lo que el sabio, mirando a los ojos del joven con una profunda ternura le contestó:
"Muchacho, en realidad
LA VIDA Y EL DESTINO ESTAN EN TUS MANOS".
Independencia
Desde el momento en que se sigue a alguien se deja de seguir la verdad.
Krishnamurti
Cuando aquel joven indio subió a la palestra, reinaba un gran silencio en el concurrido foro. Los más destacados eruditos y teólogos de la Sociedad Teosófica se habían dado cita en tan señalada fecha. ¡Nada más y nada menos que la apertura de una nueva Era, en la que serían inspirados por aquella promesa de nombre Krisnhamurti. Un ser que comenzaba su vida pública en el seno de dicha Sociedad que le había descubierto en las lejanas tierras de la India. Todos esperaban un refrendo a las ideas esotéricas y grandilocuentes de la Sociedad. Todos esperaban ser ensalzados en sus egos espirituales por aquel joven ecuánime que, desgraciadamente para ellos, no se vendería.
El joven Krisnhamurti dejó a todos, primero boquiabiertos y después indignados. Aquel místico indio afirmaba que las creencias religiosas se desenvolvían en el nivel del pensamiento y que el pensamiento era tan sólo memoria. Afirmaba asimismo que la memoria era algo pasado, material muerto, en realidad una "fotocopia" de la Verdad instantánea. Afirmó, asimismo, que El Espíritu era el presente eterno. Un estado de consciencia abierto a lo siempre nuevo. Un nivel de darse cuenta que trascendía la razón, los códigos y las anquilosadas formas mentales de ideas viejas.
Aquel joven hablaba de la existencia de un nivel más allá del pensamiento, algo que lo trascendía e incluía sin negarlo. Se trataba de la llamada "Consciencia". Su planteamiento era tan liberador y certero que muchos occidentales, seguidores de mitos espirituales y grupos de ritualismo religioso, comenzaron a transitar de la biblioteca esotérica a la experimentación del uno mismo a través de la consciencia atenta. Muchos intelectuales de "iglesia y dogma en sus creencias", identificados con la afirmación de Descartes: "yo pienso luego existo", se asomaron al futuro pronunciando, "me doy cuenta, luego existo". Occidente dejaba en aquel momento de seguir códices fanáticos plagados de milagrería y manipulaciones soterradas. Adiós a las líneas estrechas de conocimiento excluyente del "sólo lo mío es cierto". Occidente comenzaba a trascender el racionalismo y su consiguiente intolerancia.
Krisnhamurti hablaba de la "consciencia" como algo inherente al Espíritu, el cual, hasta entonces, era tan sólo asunto de altas y elevadas ideas. Ya no haría falta la fe ni las ciegas creencias. De pronto, el Espíritu era una experiencia de observación y no un códice de ritos y códigos de obediencia ciega. Lo importante comenzaba a ser el darse cuenta. Un darse cuenta como acción neutra y liberada de ideas estrechas. Desde la nueva unidad de conciencia nacía la diversidad tolerante. Las creencias, por diversas que fuesen, ya no ofendían a los cielos, ni se perseguiría por ellas. Cualquiera sería libre interiormente para manejar las ideas-forma que quisiera. La nueva Verdad ya no era un conjunto de palabras sagradas, sino una íntima comunión con la Vida y una expansión de consciencia.
En Occidente, ya no necesitaría ministros sacerdotales como intermediarios de las alturas. Ya no habría culpables por no seguir el monocultivo de las iglesias. Ahora, el asunto era "darse cuenta" y vivir el momento presente con la consciencia bien atenta y despierta. Las escuelas, las religiones, los grandes modelos, lo altares, las bibliotecas, eran templos de la mente, pero poco tenían que ver con el nuevo nivel transracional del Testigo-consciencia. Nacía una nueva libertad para los seres humanos esclavizados por juramentos a hierofantes y "arzobispos con piedras preciosas". Ahora, se trataba de observar la mente desde un yo más alto y profundo, desde un estado de consciencia más neutro, ecuánime y, desde ahí... percibir el alma del mundo, el milagro de la existencia.
Texto perteneciente al libro del autor: "Inteligencia del alma"
Krishnamurti
Cuando aquel joven indio subió a la palestra, reinaba un gran silencio en el concurrido foro. Los más destacados eruditos y teólogos de la Sociedad Teosófica se habían dado cita en tan señalada fecha. ¡Nada más y nada menos que la apertura de una nueva Era, en la que serían inspirados por aquella promesa de nombre Krisnhamurti. Un ser que comenzaba su vida pública en el seno de dicha Sociedad que le había descubierto en las lejanas tierras de la India. Todos esperaban un refrendo a las ideas esotéricas y grandilocuentes de la Sociedad. Todos esperaban ser ensalzados en sus egos espirituales por aquel joven ecuánime que, desgraciadamente para ellos, no se vendería.
El joven Krisnhamurti dejó a todos, primero boquiabiertos y después indignados. Aquel místico indio afirmaba que las creencias religiosas se desenvolvían en el nivel del pensamiento y que el pensamiento era tan sólo memoria. Afirmaba asimismo que la memoria era algo pasado, material muerto, en realidad una "fotocopia" de la Verdad instantánea. Afirmó, asimismo, que El Espíritu era el presente eterno. Un estado de consciencia abierto a lo siempre nuevo. Un nivel de darse cuenta que trascendía la razón, los códigos y las anquilosadas formas mentales de ideas viejas.
Aquel joven hablaba de la existencia de un nivel más allá del pensamiento, algo que lo trascendía e incluía sin negarlo. Se trataba de la llamada "Consciencia". Su planteamiento era tan liberador y certero que muchos occidentales, seguidores de mitos espirituales y grupos de ritualismo religioso, comenzaron a transitar de la biblioteca esotérica a la experimentación del uno mismo a través de la consciencia atenta. Muchos intelectuales de "iglesia y dogma en sus creencias", identificados con la afirmación de Descartes: "yo pienso luego existo", se asomaron al futuro pronunciando, "me doy cuenta, luego existo". Occidente dejaba en aquel momento de seguir códices fanáticos plagados de milagrería y manipulaciones soterradas. Adiós a las líneas estrechas de conocimiento excluyente del "sólo lo mío es cierto". Occidente comenzaba a trascender el racionalismo y su consiguiente intolerancia.
Krisnhamurti hablaba de la "consciencia" como algo inherente al Espíritu, el cual, hasta entonces, era tan sólo asunto de altas y elevadas ideas. Ya no haría falta la fe ni las ciegas creencias. De pronto, el Espíritu era una experiencia de observación y no un códice de ritos y códigos de obediencia ciega. Lo importante comenzaba a ser el darse cuenta. Un darse cuenta como acción neutra y liberada de ideas estrechas. Desde la nueva unidad de conciencia nacía la diversidad tolerante. Las creencias, por diversas que fuesen, ya no ofendían a los cielos, ni se perseguiría por ellas. Cualquiera sería libre interiormente para manejar las ideas-forma que quisiera. La nueva Verdad ya no era un conjunto de palabras sagradas, sino una íntima comunión con la Vida y una expansión de consciencia.
En Occidente, ya no necesitaría ministros sacerdotales como intermediarios de las alturas. Ya no habría culpables por no seguir el monocultivo de las iglesias. Ahora, el asunto era "darse cuenta" y vivir el momento presente con la consciencia bien atenta y despierta. Las escuelas, las religiones, los grandes modelos, lo altares, las bibliotecas, eran templos de la mente, pero poco tenían que ver con el nuevo nivel transracional del Testigo-consciencia. Nacía una nueva libertad para los seres humanos esclavizados por juramentos a hierofantes y "arzobispos con piedras preciosas". Ahora, se trataba de observar la mente desde un yo más alto y profundo, desde un estado de consciencia más neutro, ecuánime y, desde ahí... percibir el alma del mundo, el milagro de la existencia.
Texto perteneciente al libro del autor: "Inteligencia del alma"
sábado, 21 de noviembre de 2009
El anillo
Sobre la colina de un lejano reino se hallaba un castillo de cúpulas doradas, donde el Rey ejercía su labor y administraba la comarca. Y aunque poseía fama de justo y se le reconocía generosidad y grandeza, sin embargo, era de todos sabido que tenía un gran problema: El Rey se había desconectado de su propio centro interior y no lograba poseer la llave del equilibrio y de la paz perfecta.
Sucedía que su reino, a lo largo de los años, o bien sufría grandes sequías o bien disfrutaba de generosas cosechas. Y aunque el Rey sabía y conocía este cíclico vaivén, no podía evitar la negatividad y la amargura que lo invadía en los tiempos de sequía, ni la arrogante exaltación que lo inundaba en los ciclos de riqueza. Debido a ello, el Monarca mantenía en el fondo de su corazón una obstinada búsqueda: La búsqueda de la ecuanimidad perfecta.
Un día de sol en la plaza más importante de la comarca, mientras los mercaderes ofrecían animosamente las sedas traídas desde tierras lejanas, estalló de pronto, el afilado sonido de las trompetas reales que acallaron súbitamente el vocerío de la gran plaza. El Rey se disponía a pronunciar la declaración más importante de su vida, y para tan fausto motivo convocaba a todos aquellos embajadores y viajeros... que tuvieran "oídos para oír".
El Bando decía así: "Su majestad el Rey invita a todos y cada uno de sus súbditos a construir un anillo para el dedo real. Se tratará de un anillo tan especial que en su misma forma deberá inspirar en su portador, tanto la moderación y sensatez en los tiempos de grandeza, como la confianza y la esperanza en los tiempos de escasez y nieblas espesas. De esta forma, su majestad alcanzará un equilibrio tal, que está dispuesta a ceder a cambio, la mitad de su reino".
Tras esta proclama, redoblaron los tambores y sonaron las doce trompetas de oro y plata. Las gentes allí reunidas creían estar soñando... ¡Todo su reino! ¡Qué valioso debía ser algo semejante!
Los mensajeros partiendo a galope por los ocho senderos de la rosa de los vientos, despertaban a su paso el genio creador de magos y artistas que se disponían a devolver a su Majestad la vivencia del equilibrio supremo.
Con el paso del tiempo, fueron llegando a Palacio diferentes orfebres que, esperanzados presentaban el anillo mágico por ellos realizado, de manera que el Monarca pudiera comprobar el alcance de su poder. Sin embargo, aunque había piezas de extraordinaria intención y belleza, nadie conseguía equilibrar la marea emocional que su Majestad padecía.
Un día, aparentemente como todos, se presentó en la Corte un caminante con porte de guerrero, alma de sacerdote y palabra de mago. Se trataba de un ser que sabía silbar de tal forma que los ecos de su sonido llegaban hasta los confines más alejados del reino. Pronto, se supo que el recién llegado portaba el anillo que solicitaba su Majestad. Visto lo cual, las puertas del Palacio se abrieron de nuevo para acceder a la Real Presencia.
Mientras avanzaba hacia la cámara real, sus silbidos resonaban por entre las vidrieras de las torres de aquel castillo. Se diría que estaba llegando el que sellaría su rango y sabiduría junto al trono, pensaban los que con él se cruzaban.
"Majestad"- dijo el recién llegado. -"He construido el anillo que podréis mirar en los momentos de máxima intensidad, tanto de pena como de gloria y, que sin duda, os ayudará a recordar lo que deseáis. Tomad"- dijo entregando su obra.
El Rey tomó el pequeño objeto envuelto en terciopelo púrpura y lo observó con una curiosidad no exenta de cierta desconfianza. Al contemplarlo, su rostro se iluminó y sonrió complacido. Súbitamente, se vio envuelto en un bienaventurado resplandor y exclamó sereno a todos los presentes:
"El Rey ha encontrado la clave que estaba buscando. El Rey ha comprendido el secreto de las eternas mutaciones y cede su reino visible porque está preparado para emprender el Camino, sin sentirse afectado por los vaivenes y ciclos del destino".
Todos estaban intrigados acerca de aquel mágico anillo que había hechizado al Rey; ¿qué tendrá ese extraño aro que logra recordar a su majestad lo que tanto ha necesitado para superar los dolores y las alegrías de su reino?
El Rey levantado la mano y mostrándolo finalmente a los presentes, dijo: "Como veis, es un anillo aparentemente como todos, sin embargo en su interior figura una escondida inscripción que lo hace único y mágico".
"¿Cuál es?", preguntaron inquietos los presentes.
"Muy simple", dijo el Rey: "El anillo tiene grabadas tres palabras tan cargadas de significado que me permitirán recordar la Ley de la Impermanencia. Esta tres palabras son:"
ESTO TAMBIÉN PASARÁ
Gracias Amaya Ducay por compartir este cuento
Sucedía que su reino, a lo largo de los años, o bien sufría grandes sequías o bien disfrutaba de generosas cosechas. Y aunque el Rey sabía y conocía este cíclico vaivén, no podía evitar la negatividad y la amargura que lo invadía en los tiempos de sequía, ni la arrogante exaltación que lo inundaba en los ciclos de riqueza. Debido a ello, el Monarca mantenía en el fondo de su corazón una obstinada búsqueda: La búsqueda de la ecuanimidad perfecta.
Un día de sol en la plaza más importante de la comarca, mientras los mercaderes ofrecían animosamente las sedas traídas desde tierras lejanas, estalló de pronto, el afilado sonido de las trompetas reales que acallaron súbitamente el vocerío de la gran plaza. El Rey se disponía a pronunciar la declaración más importante de su vida, y para tan fausto motivo convocaba a todos aquellos embajadores y viajeros... que tuvieran "oídos para oír".
El Bando decía así: "Su majestad el Rey invita a todos y cada uno de sus súbditos a construir un anillo para el dedo real. Se tratará de un anillo tan especial que en su misma forma deberá inspirar en su portador, tanto la moderación y sensatez en los tiempos de grandeza, como la confianza y la esperanza en los tiempos de escasez y nieblas espesas. De esta forma, su majestad alcanzará un equilibrio tal, que está dispuesta a ceder a cambio, la mitad de su reino".
Tras esta proclama, redoblaron los tambores y sonaron las doce trompetas de oro y plata. Las gentes allí reunidas creían estar soñando... ¡Todo su reino! ¡Qué valioso debía ser algo semejante!
Los mensajeros partiendo a galope por los ocho senderos de la rosa de los vientos, despertaban a su paso el genio creador de magos y artistas que se disponían a devolver a su Majestad la vivencia del equilibrio supremo.
Con el paso del tiempo, fueron llegando a Palacio diferentes orfebres que, esperanzados presentaban el anillo mágico por ellos realizado, de manera que el Monarca pudiera comprobar el alcance de su poder. Sin embargo, aunque había piezas de extraordinaria intención y belleza, nadie conseguía equilibrar la marea emocional que su Majestad padecía.
Un día, aparentemente como todos, se presentó en la Corte un caminante con porte de guerrero, alma de sacerdote y palabra de mago. Se trataba de un ser que sabía silbar de tal forma que los ecos de su sonido llegaban hasta los confines más alejados del reino. Pronto, se supo que el recién llegado portaba el anillo que solicitaba su Majestad. Visto lo cual, las puertas del Palacio se abrieron de nuevo para acceder a la Real Presencia.
Mientras avanzaba hacia la cámara real, sus silbidos resonaban por entre las vidrieras de las torres de aquel castillo. Se diría que estaba llegando el que sellaría su rango y sabiduría junto al trono, pensaban los que con él se cruzaban.
"Majestad"- dijo el recién llegado. -"He construido el anillo que podréis mirar en los momentos de máxima intensidad, tanto de pena como de gloria y, que sin duda, os ayudará a recordar lo que deseáis. Tomad"- dijo entregando su obra.
El Rey tomó el pequeño objeto envuelto en terciopelo púrpura y lo observó con una curiosidad no exenta de cierta desconfianza. Al contemplarlo, su rostro se iluminó y sonrió complacido. Súbitamente, se vio envuelto en un bienaventurado resplandor y exclamó sereno a todos los presentes:
"El Rey ha encontrado la clave que estaba buscando. El Rey ha comprendido el secreto de las eternas mutaciones y cede su reino visible porque está preparado para emprender el Camino, sin sentirse afectado por los vaivenes y ciclos del destino".
Todos estaban intrigados acerca de aquel mágico anillo que había hechizado al Rey; ¿qué tendrá ese extraño aro que logra recordar a su majestad lo que tanto ha necesitado para superar los dolores y las alegrías de su reino?
El Rey levantado la mano y mostrándolo finalmente a los presentes, dijo: "Como veis, es un anillo aparentemente como todos, sin embargo en su interior figura una escondida inscripción que lo hace único y mágico".
"¿Cuál es?", preguntaron inquietos los presentes.
"Muy simple", dijo el Rey: "El anillo tiene grabadas tres palabras tan cargadas de significado que me permitirán recordar la Ley de la Impermanencia. Esta tres palabras son:"
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Gracias Amaya Ducay por compartir este cuento
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